Allí, difícilmente se encuentra un bien en conjunto cerrado por menos de 800 millones de pesos y a pesar de la queja recurrente por la falta de tierra, aún hay oferta para escoger.
¿Cuál es el motivo de tal valorización de las veredas anexas a estas zonas urbanas?
La tranquilidad y la calidad de vida que no ofrece el bullicio de La Capital y la ventaja adicional de acceder, de forma relativamente rápida, a pesar de algunos problemas de movilidad, a la ciudad cuando las labores rutinarias lo exigen.
Por eso muchas familias le apuestan a vivir en medio de la naturaleza, el aire puro y servicios complementarios que han tenido que llegar para atender los requerimientos de los nuevos habitantes.
De hecho, muchos de los colegios de han desplazado con sus sedes campestres para atender la demanda de la gente que vive en los condominios, en Chía y, en la mayoría de los casos, en los barrios de las calles 170 y 185.
Otra de las razones que impulsan la decisión de compra es que por el mismo precio encuentran mayores metrajes privados y más áreas libres. La parcela que rodea la casa y la aisla de los vecinos vuelve a abrir la posibilidad de tener mascotas y otros animales como los caballos.
Entre las zonas comunes se cuentan el lago de pesca deportiva y los espejos de agua, los senderos peatonales, las ciclorrutas, las pesebreras, los campos de golf, diferentes tipos de canchas deportivas y los salones sociales con un pequeño mercado.
En cuanto a las unidades privadas, los diseños aprovechan el entorno y los materiales de las fachadas intentan ser lo más armónicas posible con el paisaje.
Allí, los largos corredores y las dobles alturas de la zona social son una constante, así como la cocina intercomunicada con exterior y la sala.
La iluminación natural se destaca, gracias a las ventanas de piso a techo y a las claraboyas en los techos. La chimenea es infaltable.
En las afueras de Bogotá, el 94,9% de los bienes que se edifican son casas.