Las calles de San Cristóbal parecen un laberinto con dos perros en cada cruce. Si es de noche y está lloviendo la luz de los postes se refleja en el agua que baja por el pavimento inclinado hacia la parte plana de Bogotá haciéndola ver como un espejo gigante que hay que esquivar para no mojarse los zapatos.
Si es de medio día y el cielo está despejado se ve toda la ciudad con tal claridad que a veces la vista se desborda sobre el límite occidental y se encuentra con tres nevados lejanos.
Si es de madrugada, generalmente, al respirar sale un vaho de la nariz y de la boca de quienes caminan a buscar un cupo en los buses que salen llenísimos de sus paraderos.
Y si es un fin de semana, las calles están llenas de muchachos jugando microfútbol o banquitas y los andenes y las tiendas están repletos de señores tomando cerveza y escuchando rancheras.
Es la localidad número cuatro del Distrito Capital, la octava más grande, la cuarta más poblada y la tercera más pobre, con más del 4 por ciento de su población en condiciones de miseria.
Fue a finales del sigo XIX que en San Cristóbal se instaló la primera fábrica para hacer ladrillos.
Para ese entonces esta parte de la ciudad se resumía en un cierto número de haciendas alrededor de las cuales, a principios del siglo XX, se comenzaron a construir pequeñas barriadas que con el paso de los años y con la época de la Violencia recibieron a miles de emigrantes de diferentes lugares del país que huían de la muerte con la esperanza de encontrar mejor suerte en la ciudad.
"Cuando llegamos aquí, no había sino una casita, la del finado José Sánchez, era una de esas que llaman casas de tapia, con ladrillos de arena, que no se cocinan sino que se van encarrando ahí, esa era la primer casa; otra, la casa de don Antonio, la casa quinta de don Luis Arévalo, y aquí la casa del finado Moreno y la comadre Anita Rodríguez.
No había sino esas tres o cuatro casas, y el Veinte de Julio, que apenas lo estaban haciendo", dice doña Carmen Rosa Silva Penagos, una abuela sonriente, graciosa y conversadora que vive en el barrio San Vicente Parte Alta, en la parte media de la localidad, y que vivió los años de la construcción de San Cristóbal.
Y continúa: "¡Ay mijo, pa' conocer yo todo esto! si los hijos todos se han criado aquí, los seis, siete, todos se han criado aquí y estos también, que son los nietos, se están criando"...
Cuenta orgullosamente la señora Carmen Rosa que ella fue una de las primeras en llegar a San Vicente, cuando este barrio comenzaba a construirse y que con sus manos se hizo la materia prima para levantar las primeras casas de San Vicente, de los muchos barrios de San Cristóbal y de la ciudad en general.
"Yo me dedicaba a trabajar allí en los chircales, después entré a una fábrica a escoger café. En los chircales yo tenía que echar el ladrillo entre la carretilla y cogerlo en la gavera que va, uno lo lleva al sitio a encarrarlo crudo, después de unos días dependiendo del clima, cuando ya está fuerte pa' que no se totié, lo pasa uno pa'l horno donde lo cocinan, de ahí lo saca uno; pa' deshornar dura tres días o cuatro días.
"Luego sacarlo pa'l sitio en que está, pa' la venta", cuenta Doña Carmen y agrega: "Yo era una niña cuando eché a trabajar, no ve que en ese tiempo eran todos los chircales allí de las fábricas de ladrillo. No ganábamos sino ochenta pesos, ochenta centavos, pero llamaban ochenta pesos".
Las fábricas de ladrillo ayudaron al desarrollo económico de la localidad y generaron empleo para muchos de los nuevos habitantes.
El arte de hacer ladrillos fue aprendido en las primeras fábricas -San Cristóbal, La Sidel, Tubos Moore, Gressa, Tubos Vencedor, La Falate, entre otras- y fue transmitido de generación en generación, de padre a hijo, como aseguran los trabajadores de "Colcerama", una de las pocas fábricas que mantienen la producción.
Es tan importante el impacto que estas fábricas de ladrillo han tenido sobre la localidad que el buitrón de la ladrillera La Sidel comienza a hacer parte del patrimonio histórico local, lo que le garantiza permanecer allí durante mucho tiempo, recordándole a
San Cristóbal que fue uno de los lugares claves en la producción de ladrillo del país; destino diferente al de las fábricas que siguen activas, puesto que por problemas ambientales que conlleva la producción de ladrillo, tendrán que cerrarse.
La señora Helena Parra vivía junto con su familia en lo que ahora es el barrio Ramajal, justo en la esquina en la que termina "la Pared", cerca de varias ladrilleras que funcionaban allí en ese entonces.
Conocedora de historias y de palabra amable para compartirlas, le contó a su nieta Kelly Johana que el señor que construyó el buitrón de la ladrillera La Sidel, una de las primeras y más grandes que funcionó en San Cristóbal, tenía pacto con el diablo.
"Mi abuela contaba que el compadre Sergio, como le llamaban quienes le conocían, solamente le pedía a sus compañeros que le acercaran el material, ladrillos y cemento para pegarlos y durante toda la noche se dedicaba juiciosamente a colocar un ladrillo sobre otro siguiendo la forma de un anillo que se iba cerrando poco a poco a medida que llegaba a la punta y que al amanecer, el buitrón había avanzado tanto en su construcción que parecía imposible que lo estuviese haciendo un solo hombre.
En solo tres noches el buitrón de más de 50 metros de alto estuvo listo y tan bien hecho que demostraba un trabajo esmerado y cuidadoso", cuenta Nelly.
"Al mismo tiempo que el hombre construía ese buitrón, sus compañeros construían otro no muy lejos del lugar y a ellos les tomó bastante tiempo más terminarlo", agrega. Años después, cuando muchas de las ladrilleras dejaron de funcionar, la gente con intención de construir viviendas derrumbó la mayoría de lo buitrones, pero cada vez que intentaron tumbar el que había construido el compadre Sergio, el cielo se rebelaba y comenzaba a llover, impidiendo seguir adelante.
Hubo quienes justificaron así la buena suerte del hombre y dicen que después de construir ese buitrón sus lazos de amistad con el maligno se estrecharon aún más porque obtuvo no riquezas, pero sí lo suficiente para vivir tranquilo con su mujer y sus tres hijos.
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